lunes, 19 de diciembre de 2011

Donde viven los unicornios

Es una tarde cualquiera. Una de esas tardes en las que cualquier tema de conversación es una buena opción. El sol, que en esta época del año cruza el cielo a la carrera, aún se encuentra lo suficientemente alto para poder disfrutar de su calor sentado en un banco del paseo de la Herradura. De todas formas, es conveniente ir abrigado, pues el frío no perdona y el sol está ahora demasiado lejos.
En tal escena nos encontramos Álvaro y yo. Después de tantos días de lluvia, una tarde al aire libre es de agradecer. Nos ponemos al día con los últimos cotilleos, aunque al vernos diariamente no tenemos mucho nuevo que decir. Hablamos de nuestros quehaceres para los próximos días y quedamos en hacernos compañía el uno al otro en tediosos recados como hacer la compra o comprar los regalos de navidad.
En la Herradura también puedes encontrar a mucha gente haciendo footing, pero nosotros  preferimos sentarnos y observarlos. Nuestras conversaciones se ven interrumpidas por frases del estilo de "Me lo pido" que se continúan con "Sabes que es totalmente mi rollo" o "Solo te lo pides para fastidiarme a mi".
Entonces nos centramos de nuevo y esta vez hablamos del último libro que hemos leído. Stardust. A pesar de mi estricta política de no comprar libros que se publicitan con portadas en las que aparecen los personajes de las películas a las que dan lugar, es un libro que tenía muchas ganas de leer, y lo encontré a un buen precio así que lo compré. Después de haberlo leído se lo dejé a Álvaro. Comentamos que nos ha gustado más la película, en la que la historia parece tener mucha más acción y el papel de Michelle Pfeiffer nos ha enamorado. Sin embargo, en la película no le dan casi importancia al unicornio que ayuda a la protagonista.
Y es aquí donde comienza el debate que volverá a nuestras vidas tantas otras veces. Como siempre pasa en estas cosas, no recordamos el inicio de la discusión, pero sí la base. Unicornios, ¿realidad o ficción? Álvaro se posiciona escéptico, yo defiendo su existencia. Y me indigno, pues pensaba que tendría su apoyo, ya que ambos tenemos un gusto similar en cuanto a cosas que la  gente cataloga de irreales. Aunque quizá esa sea la diferencia entre nosotros, a ambos nos gusta, pero solo yo me lo creo.


Pues no estoy dispuesto a dejar de creer en unicornios. Son seres que representan todo aquello en lo que la gente debería creer. Y si el mejor tema para rebatir la existencía de estos animales es que nadie los ha visto nunca o que, si en realidad existen, deberían encontrarse en algún sitio, he de decir que ya sé dónde viven los unicornios. Viven en mis sueños.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Viernes 16 de diciembre de 2011 - Patos y ancianas

De repente, uno de todos esos patos que lo rodeaban se subió a su hombro. "Quita, no tengo tiempo para juegos". Pero el pato continuó quieto y lo miró a los ojos, entonces le pellizcó un labio. "Gael, ¿eres tu?" A pesar de no haber recibido respuesta alguna, supo que era él. "¿Por qué siempre te encuentras en el sitio menos indicado? Ayúdame a buscar a mi hermano".
Había más personas en la colina. Gente a la que no había afectado el hechizo pero con una expresión perdida. Unas horas antes, los patos habían sido sus maridos o sus mujeres, sus hijos y sus hijas, amigos, parejas, hermanos y abuelos. Siguió buscando  hasta bien entrada la tarde y encontró a su hermano pequeño anadeando entre unas rocas. Él lo reconoció enseguida y se acercó con los ojos humedecidos por las lágrimas. "Venga, vamos, la abuela lo arreglará".
Bajaron la colina y se encontraron con un parque atravesado por un camino a cuyos lados se levantaban árboles frondosos que cobijaban a los posibles paseantes. Después de unos quince minutos bajo los árboles el camino se desdoblaba a la izquierda, hacia un cenador donde esperaba sentada una anciana calcetando. "Abuela, aquí están. ¿Estás segura que no han nacido para ser patos? Ya es la tercera vez en este año que los transforman". Pero no obtuvo respuesta alguna, la anciana ni siquiera lo miraba. Buscó aquello que captaba la atención de su abuela y la vio. Una vieja demacrada con un vestido harapiento y roto. Podría haber sido la abuela de la anciana en el cenador. Hablaba con un señor de unos 40 años que solo tenía ojos para la mujer y el niño a la espalda de la anciana. También parecían estar secos por dentro, con ropas demacradas por el tiempo.
"Vamos abuela, no podemos hacer nada. Tiene que superar la prueba por sí mismo. Además tienes que ayudarme con estos dos." Recogió sus labores sin apartar la vista del variopinto grupo junto a la rosaleda. Se levantó y se agarró al brazo de su nieto al mismo tiempo que el hombre corría hacia la mujer y el niño, que ahora parecían llenos de vida. La familia reunida caminaba por el parque seguidos de cerca por la vieja. Entonces la abuela miró a su nieto y a sus extraños acompañantes y dijo: "Parece que la Viuda volverá a ganarse unos años más a costa de esa pobre alma. Eloy, los que se han ido no pueden regresar, no llores por mi cuando ya no esté". "Aún queda mucho para eso, abuela".

viernes, 9 de diciembre de 2011

Besé una rana y se quedó rana

Mentiría si dijese que la mayor parte de las veces salgo de casa con la esperanza de un encuentro "made in Hollywood". La mítica casualidad cinematográfica que te presenta a tu media naranja. Con el paso del tiempo he aprendido a disfrutar de las tareas más tediosas del día a día. Bajar a comprar el pan o ir a hacer la compra al supermercado son cosas que ahora hago de buen grado pues nunca se sabe, por ejemplo, con quién te puedes tropezar tras una estantería, quién agarrará tu mano al querer coger el mismo paquete de guisantes que tu o quién se agachará a recogerte una moneda perdida.
Esto también explica por qué me gusta tanto usar los transportes públicos. Metro, autobús, tren... Cualquier pequeño desplazamiento hace volar mi imaginación. Pueden sentarse a tu lado con ganas de conversación o simplemente interesarse por el libro que lees o la serie que miras en el portátil.  Pero para disfrutar de un buen libro mientras imaginas cómo conoces a tu futura pareja, lo mejor es llevarte el hobbie más alla de la puerta de casa. Buscar un parque grande y transitado, pero tranquilo al mismo tiempo, en el que poder disfrutar de la lectura al mismo tiempo que fantaseas con la posibilidad de que se te acerquen con el pretexto de haberse enamorado a primera vista.

Nada más lejos de la realidad. Chicos que hacen gestos lascivos en los pasillos del supermercado. Taxistas que insinúan carreras gratuitas a cambio de sexo. Billetes de tren en los que queda escrito un nombre y un teléfono junto con un "¿follamos?". Viejos verdes que se te acercan en la estación de tren y entablan una conversación que termina con un "vente que te llevo en mi coche". Hombres que se soban su virilidad mientras intentas leer sobre caballeros que pasean por los jardines de Netherfield Park.
Cosas así te despiertan como un cubo de agua fría.

martes, 19 de julio de 2011

El hombre perfecto (I)

Llevo ya un rato despierto. Aunque hoy tenga el día libre, nada impide que mi reloj biológico me despierte a la misma hora que todos los días lo hace mi despertador. Me gusta no tener que ir a trabajar. Remoloneo antes de levantarme, mientras lo contemplo. Al otro lado de la cama, él sigue durmiendo, ajeno a los ojos que lo observan, ajeno al tiempo que avanza. Su respiración monótona y superficial rompe el silencio de la habitación. Unos mechones de pelo negro caen por su frente perlada de sudor. Su barba ya no es una barba de dos días, seguramente hoy se afeitará. Sonrío al pensar en mis poderes adivinatorios. Duerme con el pecho al descubierto, que se alza y desciende al compás de su respiración. Él siempre ha sido mucho más caluroso que yo, que, aun en verano, necesito una manta para hacer desaparecer los escalofríos nocturnos.

Se enciende el despertador y suena un programa radiofónico. No se inmuta. Me sorprende la gente que consigue que un despertador pierda la función para la que ha sido creado. Dejo que la voz del presentador hable durante cinco minutos más y me dispongo a apagarlo. Como si leyese mi mente, mientras alargo mi brazo para detener la radio, abre los ojos y me sujeta. Sonríe antes de abrir los ojos, me da los buenos días y nos besamos. Se sienta en la cama para ponerse sus zapatillas mientras me dice que no apague la radio porque la canción que están poniendo le recuerda a mí. En realidad se que solo lo dice para que no la apague. Se levanta, corre las cortinas y sube la persiana haciendo que entre la luz en la habitación y creando, desde mi punto de vista, la silueta de un adonis en ropa interior a contraluz.
Observo los movimientos que lo llevan al baño. El sonido de la ducha hace que decida levantarme. Subo el volumen de la radio, busco una camiseta que ponerme y me dirijo a la cocina para preparar el desayuno. Me encanta tener tiempo para desayunar. Cuando entra en la cocina está listo para un largo día de trabajo. Disfrutamos de un café, zumo y un par de tostadas en silencio. Seguramente piensa en el proyecto que debe presentar en un par de horas. Yo pienso en la suerte que he tenido al conocerlo. Se da cuenta de que lo miro y me dedica una sonrisa lampiña. Me pregunta qué opino del atuendo escogido para la preentación y ahora soy yo el que sonríe, pues el traje que lleva se lo regalé yo.
Aprovecho para ducharme mientras él termina de prepararse para salir a la calle. Salgo de la ducha cuando él termina de cepillarse los dientes. Dice que llega tarde. Me besa y me desea un buen día. Me quedo de pie, paralizado por ese beso y veo como coge su maletín. Cuando está a punto de salir del dormitorio reacciono y le deseo suerte en la presentación. Él se gira y, guiñando un ojo, me dice que siempre ha sido un chico afortunado.

Escucho la puerta cerrarse y después la campanilla del ascensor, que hace terminar mi ensimismamiento. Me dispongo a lavarme los dientes cuando descubro un mensaje escrito en el vaho del espejo. Te quiero.

domingo, 6 de marzo de 2011

El arte de escribir

Según la RAE, el arte se entiende como la manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüisticos o sonoros. En la Wikipedia podemos encontrar una definición más general que dice que el arte se entiende como cualquier actividad o producto realizado por el ser humano con una finalidad estética o comunicativa, a través del cual se expresan ideas, emociones o, en general, una visión del mundo, mediante diversos recursos como los plásticos, lingüisticos, sonoros o mixtos.
A día de hoy, las siete artes clásicas serían las siguientes: pintura, escultura, danza y teatro, literatura, arquitectura, música y cine (el séptimo arte). Pero la forma de expresar los sentimientos evoluciona como lo hace el ser humano, por eso se suman a las siete artes clásicas, las artes modernas: el Arte Povera, la pintura de acción, el arte genético, el happening, el body art, el arte digital y el arte conceptual.

Después de esta introducción un tanto didáctica vayamos al meollo del asunto. Hace un par de semanas durante una tarde de estudio en casa de Carmen, acompañados de sus compañeras de piso, surgió la polémica pregunta. Seguramente producto de un hastío general, aparcamos los apuntes durante un par de horas para perdernos entre las palabras de un debate que no llegó a buen puerto.
¿La literatura es arte? Así comenzó todo. Una de las compañeras de piso de Carmen se me acercó en uno de sus descansos (mucho más numerosos que los nuestros) para plantearme la susodicha cuestión. Yo no lo pensé. Un "¡Por supuesto!" fue mi respuesta refleja. Ella estaba de acuerdo conmigo, o eso creía yo. Su siguiente pregunta fue: "¿Pero toda la literatura es arte?". Esta vez me lo pensé un poco más, pero mi respuesta continuó siendo la misma. Ahora ella no estaba de acuerdo conmigo. En ese momento no pude más que pensar en J.K.Rowling. ¿Por qué un libro (o más bien una saga) que ha hecho sentir tanto a tantísima gente no podría considerarse arte? Y así lo planteé pero mi reputación me precedía y me tacharon de simple y de llevar todo siempre al mismo terreno. Me dijo entonces que por qué bromeaba si estábamos manteniendo una conversación seria. A su parecer, la saga de Harry Potter no podría considerarse arte porque no está al mismo nivel que Shakespeare o J.R.R.Tolkien.
Expongo ahora el mismo ejemplo pero para otro arte diferente, la música. Esta vez escogí como ejemplo infravalorado a Laura Pausini porque sabía que los italianos la odian. De nuevo me preguntó que por qué bromeaba cuando intentabamos mantener una conversación seria. A su juicio y parecer, la música como arte la alcanzaron los grandes, entendiéndose a éstos como Mozart, Chopin, Beethoven... Y por supuesto que no se puede comparar a Mozart con Pausini, pero eso no quita que lo que haga el austríaco sea considerado un arte y lo de la italiana "cuatro acordes y una voz".
En este punto comenzamos a debatir sobre lo siguiente, si toda la literatura o toda la música es arte, entonces cuando silbamos o escribimos en nuestro blog, ¿también se trata de arte? Si entendemos el arte como la expresión de nuestros sentimientos y la publicación de éstos para que otras personas experimenten con ellos, pues si, cuando escribo mi blog es arte y no, cuando transcribo las diapositivas de ginecología o canto debajo de la ducha no es arte.

Y el problema era simplemente que ella no aceptaba la definición de arte como tal. En su cabeza había una nueva definición, creada a base de destruir sus teorías a lo largo del debate. En su opinión una obra de arte tenía que transmitir el mismo sentimiento a TODO el mundo. ¿Y cómo puede ser esto posible? Cada uno de nosotros hemos vivido distintas experiencias a lo largo de nuestra vida que nos hará ver, por poner un ejemplo, el vaso medio lleno o medio vacío. Me explico, por ejemplo no todos sentiremos felicidad y alegría cuando veamos un payaso en un cuadro.
Entonces la siguiente pregunta estaba clara. ¿Cual es una obra de arte para ti entonces? Y es que es imposible que me pueda decir una según lo que entiende ella por arte. Y entonces menciono "Romeo y Julieta" porque al final todos experimentamos la desdicha cuando ambos mueren y con ellos su amor. Yo me reí. Le dije que no había leido esa obra pero que seguramente no me sentiría triste e incluso puede que me hiciese gracia. A partir de este momento me dijo que yo no podía opinar si no la había leido y me enfadé. Le dije que no quería seguir hablando si no encontraba a otra persona que pensase igual que ella.

Muchas veces me enfado cuando debatimos pero soy consciente de que existen más puntos de vista que el mío. Otras veces ya evito debatir con quien tiene una opinión completamente opuesta a la mía (sobre todo cuando no hablan mi idioma). Pero una cosa si sé, se puede debatir sobre la eutanasia, el aborto o la política, pero no se pueden discutir sobre, por ejemplo, la definición de la gravedad o la evolución del hombre, al igual que no se puede discutir la definición del arte.
En mi opinión, uno puede debatir sobre la que piensa que pueda ser arte o lo que no, pero no se puede decir que "Literati" de Barry McCrea sea "menos arte" que una obra de Shakespeare solo porque lo haya leido mucha menos gente. Porque, aunque fuese yo el único que lo haya disfrutado, ya eso bastaría para considerarlo arte ya que su autor dejó sus sentimientos impresos y yo pude disfrutarlos durante un par de días.

jueves, 7 de enero de 2010

La espera

Me desperté sudando como casi todas las noches en los últimos dos meses. La oscuridad llenaba la habitación y solo el tic tac del reloj rompía el silencio. Eran las tres de la madrugada. Ya no recordaba lo que significaba dormir de un tirón. Me acosté de nuevo con la esperanza de volver a dormir pronto pero en el fondo sabía que se avecinaba otra noche de insomnio. Mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos, preguntas sin respuesta, planes de futuro que se extinguían como la luz de una vela. ¿Qué pasaría si…?

Los acontecimientos de aquel día volvieron a tomar protagonismo en mi mente. Fue un día como cualquier otro. Las clases en la facultad ya habían terminado y volví a casa para las vacaciones de Navidad. Me invitaron a una de esas cenas en las que la comida brilla por su ausencia y el alcohol inunda las venas. Como era de esperar, poco tiempo me llevó llegar a un estado elevado de desinhibición que prometía que sería una noche estupenda.

Sonó el despertador. Me levanté sin ganas y fui al baño con la esperanza de que una ducha me espabilase un poco. Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina así que mi intención era ir a la biblioteca. Con muy pocas ganas desayuné algo y me preparé para salir a la calle. El día no propiciaba el buen humor pues llovía a mares, aun así, paraguas en mano, me dirigí a la biblioteca. Sin embargo, cuando esperaba para cruzar en el paso de peatones, en el otro lado de la calle y con la vista perdida, lo vi. Era uno de ellos.

Los planes de aquella noche fueron como los de cualquier otra. Pocas veces hacíamos algo diferente. Primero un par de copas en el pub de siempre y luego cambiaríamos de lugar para pasar la noche bailando y “cazando”. Unos minutos después de llegar al segundo local, alguien se acercó a mí y me cameló con sus palabras. Me cogió la mano y me llevó al baño. Estaba ocupado pero poco nos importó, solo una mirada fue suficiente para hacer entender al ocupante que no sobraba. Con la música y el griterío de fondo nos entregamos a la pasión y el desenfreno, aunque ellos de forma mucho más experimentada que yo. Quizá fue causa del alcohol o quizá el fuego que corría mi interior pero la falta de preservativos no fue un impedimento para llegar hasta el final.

El semáforo se puso en verde y mientras cruzaba busqué su mirada, pero él no me reconoció. A 50 metros de la entrada a la biblioteca sentí que me faltaba fuerza para seguir avanzando y decidí volver para casa. No quería estar rodeado de gente. En los últimos dos meses noté como aumentaba mi irascibilidad, no tenía ganas de hablar con nadie, no tenía ganas de reír. Mis amigos lo notaban e intentaban animarme, pero eso solo me alejaba aun más de ellos. Ya no cogía las llamadas al móvil, de hecho estaba apagado la mayor parte del día. Solamente lo usaba para llamar de vez en cuando a casa para decir que todo iba bien. Una mentira piadosa.

Una vez en casa intenté sentarme en el escritorio para estudiar pero mis pensamientos no me dejaron. Fui al salón y encendí la televisión esperando que la programación limpiara mi mente pero no fue así, pues alguien estaba hablando de su primera vez que mantuvo relaciones sexuales. Un baño no es un buen lugar para una primera vez.

Cuando volví al lugar donde había dejado a mis amigos no los encontré. Quizá tardé más de lo que imaginaba. Cogí mi abrigo y, con pocas ganas de irme para casa, salí del local. Dos chicos me miraban desde un banco cercano. El alcohol me animó a acercarme y pedirles un cigarrillo. Me lo dieron y durante 5 minutos quizá mantuvimos una agradable conversación, pero los tres sabíamos cómo acabaría todo aquello. Me invitaron a su casa y acepté pues aun me quedaban fuerzas para mucho más. En la comodidad de una cama las cosas son mucho más sencillas y placenteras que en un baño de discoteca. Era tanta nuestra excitación que resultaba difícil utilizar un preservativo sin romperlo, pero eso no nos importó. Además, ¿qué importaría utilizarlo ahora, después de no haberlo utilizado en los baños?

Una luz brillante me despertó. Seguía sentado en el sillón pero ya había oscurecido. Un trueno inundó el salón. Cogí el teléfono para llamar a mi madre pero estaba recibiendo una llamada. Eran mis amigos con plan para esa noche. Inventé una excusa aunque seguramente no fue creída. Llevaba dos meses sin salir y sin beber, pero aunque esa noche me apeteciera, no podía. Al día siguiente tenía una cita con mi médico.

Cuando me levanté la cabeza me daba vueltas. No sabía como había llegado a casa pero allí estaba, tumbado en mi cama con la ropa todavía puesta. Intenté recordar lo que había ocurrido la noche anterior, y cuanto más recordaba, más prefería vivir en la ignorancia. Me duché y limpié a conciencia aunque sabía que no era de mucha utilidad, aun así pasé ese fin de semana prácticamente en la ducha. Fue el lunes cuando decidí pedir cita con mi médico. Mi madre estaba decidida a acompañarme como hacía siempre, pero la convencí con el pretexto de que ya era mayor y que solo iba a pedir cita para hacer unos análisis porque me sentía débil. En parte era cierto, pues análisis sí que me haría.

Sin haber dormido nada absolutamente, me duché para despejarme un poco y me dirigí a la consulta donde esperaba mi médico con los resultados de los análisis. El camino y la espera se me hicieron interminables. Tenía ganas de irme. No quería saber los resultados. ¿Qué pasaría si…?

Me llamaron y entré en la consulta. Me senté, aguantándome las ganas de llorar, aunque mis ojos estaban llenos de lágrimas. El médico me miró compasivo y me dijo que podía estar tranquilo, pues la prueba era negativa. El alivio empezó a crecer dentro de mí a la misma velocidad que cambiaba el semblante compasivo del doctor a otro mucho más autoritario con el que me advirtió para no tropezar dos veces en la misma piedra.

Han pasado los años y ahora no me relaciono ya con ninguna de aquellas personas que compartían mi vida y que vivieron ajenas a mis problemas. No me quejo de mis nuevas amistades cuyo vínculo se afianza más día a día. Aunque el miedo sigue formando parte de mí. Los ataques de ansiedad, cuando salgo por las noches, han ido remitiendo hasta convertirse en unos fuertes nervios. Aun evito conocer gente nueva si puedo, pues no me siento cómodo con ello. Siento que aquel año perdí algo, aunque trabajo día a día para encontrarlo. Aquellos dos meses son un mal sueño que aun me despierta algunas noches. Noches en las que me pregunto, ¿qué pasaría si diese positivo?

martes, 1 de diciembre de 2009

Reflexiones de una serpiente de cascabel

Son las 9 de la mañana y ya estoy en pie. Si fuese un día normal remolonearía un poco antes de levantarme. Pero hoy no es un día como los demás, estoy enfermo. Y las primeras luces de la mañana que se cuelan por mi ventana me despiertan y me animan a salir de cama, donde ya me siento pesado, para acomodarme en el sillón. Como no aguanto mucho tiempo en pie, pienso en todo lo que necesitaré y lo coloco cerca de mi futura zona de descanso. El portatil, un libro, el mando de la televisión, la caja de coser, algo para saciar hambre y sed, unas hojas de apuntes... No sé por qué pienso siempre que haré tantas cosas, al final me paso la mayor parte del día durmiendo.
Me acomodo en el sillón y me tapo con una manta. Enciendo la televisión y busco La sexta porque a media mañana ponen ese programa que tanto me gusta en el que hablan de crímenes "casi" perfectos. Lo que me encuentro a estas horas en dicho canal me dan ganas de cambiar y no volver a sintonizarlo. Liz, exconcursante de Gran Hermano, presentando un call tv (término que aprendía hace tan solo unos días, para mi siempre fueron los programas de timos telefónicos). No entiendo cómo caras públicas se ofrecen o aceptan un trabajo como este. ¿Cómo pueden dormir tranquilos sabiendo que están engañando a tanta gente? Por suerte le quedaban solo unos minutos al programa, pero minutos de los de verdad, no de esos de duración dudosamente larga. En el programa había que descubrir la imagen diferente a las demás. Yo no la encontré. Mientras tanto la presentadora se jacta de lo sincera que es cuando nos dice que el juego no es sencillo, pero que el premio lo merece. Y, ¡tanto que lo merece! ¡Son 78000 euros!
Como siempre, a unos segundos de terminar el programa alguien llama y acierta. Quizá la fiebre me impedía pensar bien en ese momento porque me alegré por la llamadora y por todo el dinero que se iba a llevar (más tarde empecé a creer que se trataría seguramente de alguna de las guionistas del programa). Pero lo peor de todo es que ni tan siquiera el premio era algo real. Tan solo había 1000 euros para el ganador. Los otros 77000 euros te los llevas si aciertas 4 letras ue hay dentro de un sobre. Solo puedo dar gracias por no tener amigos tan "sinceros" como Liz.
Después de ver dicho timo y antes de quedarme dormido pensé que en la televisión muchas veces podemos dudar si algo es real o no, pero por eso es televisión. Lo que me da rabia es que me tomen el pelo y me hagan creer que algo es real cuando no lo es, como ocurre con "Esta casa era una ruina" o "Reforma sorpresa". He visto muchos capítulos de las versiones americanas de ambos programas y en ninguno pense que hicieran algo a propósito. Al contrario que en los nacionales, donde todos los contratiempos parecen ensayados.
Y ahora me pregunto a mi mismo, ¿que cosas sientes por la letra A? Cuando veo estos programas que engañan y juegan con la gente, el sentimiento por la letra A que recorre mi cuerpo es Asco.